El perro de Goya

Dicen que estaba loco cuando colmó todas y cada una de las paredes de su casa, la Quinta del Sordo con enormes obras que inspiran asombro e incomodan al observador. Entre esas imágenes imponentes una destaca por su simpleza y nos deja inermes, indefensos ante la desolación. La cabeza, sólo la cabeza de un perro asoma tras una línea que puede ser el horizonte o una onda en el mar del atardecer, el animal mira hacia arriba, junto a un risco unas aves sobrevuelan la escena, ¿una esperanza tal vez?
Por si acaso no fuera suficiente la potencia desgarradora del mensaje, la obra guarda el misterio de la herencia que el tiempo y los traslados forzados le han impuesto. Algo se ha perdido entre sus largos y tortuosos viajes pero allí la tenemos, para completar con nuestra percepción la idea del maestro Goya.
Nada es definitivo, lo sabemos, y en este caso nuestra tarea es formar parte del significado, somos cómplices del valor de una pequeña obra extraída de un muro de una casona condenada a desaparecer somos pasajeros de un soplo que intenta perdurar en el tiempo y nos toca asomar la cabeza, mirar esas aves, imaginar que lo bello puede y debe existir. 
Ixx, 2026


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"Gracias a una fotografía de 1874 antes de que la obra fuera arrancada del muro (técnica strappo), se supo que la mirada del perro seguía a dos pájaros revoloteando, sugiriendo un canto a la naturaleza y a la curiosidad, más allá de la interpretación trágica del perro hundiéndose".










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