Borges - Sobre el relato del guerrero y la cautiva
Fragmento de Borges y la política. Un desafío para el peronismo, la izquierda y la derecha es un libro del politólogo y doctor en Ciencias Sociales Nicolás Freibrun, publicado por Siglo XXI Editores en 2026.
(...) Así, más allá del notable progreso material de las sociedades del siglo XX y de su democratización, la barbarie insiste como ese elemento disruptivo que, además de un motivo de reflexión, se colará en las representaciones ficcionales del orden político. Por eso, en el imaginario borgeano la fórmula civilización y barbarie condensa un conflicto irresoluble que no se anula ni por el consenso liberal ni por una comunidad armónicamente organizada. Veamos, pues, cómo aparece la idea del bárbaro en sus ficciones.
En “Historia del guerrero y de la cautiva”, uno de los relatos de “El Aleph”, se narran dos historias separadas en el tiempo. Una transcurre entre los siglos VI y VIII en lo que posteriormente sería Europa; la otra, en el siglo XIX y en la pampa argentina. Al inicio, el género al que pertenece el texto presenta cierta ambigüedad. ¿Se nos invita a aceptar la duda constitutiva de la ficción literaria o se busca más bien un verosímil realista, al reconstruir dos hechos que, aun de naturaleza muy distinta, corresponden a la historia de Occidente? Las dos historias recibidas por el narrador —una leída en libros de historia, la otra como un relato oral de su abuela— pueden ser “una sola historia”.
La primera presenta al bárbaro Droctulft, arquetipo del guerrero longobardo, que se desplaza desde las ciénagas del norte de Europa y atraviesa el Danubio y el Elba para asediar Ravena, por entonces capital del Imperio Romano. Droctulft es una “figura atroz”, pero también encarna “simplicidad y bondad”. Estas dos características espirituales de Droctulft se acercan más al “buen salvaje” del hombre natural retratado por Jean-Jacques Rousseau en el siglo XVIII y atenúan los rasgos físicos que delatan su barbarie.
Lo interesante es que es el propio Droctulft quien sufre una metamorfosis que desmiente cualquier hipótesis esquemática. El relato de Borges afirma: “Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que había atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud”. En una imagen muy poderosa, el orden marmóreo de la civilización fascina al bárbaro y lo conduce a su conversión final: “Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal”.
La ciudad se le aparece como una “maquinaria compleja”, un organismo múltiple y ordenado que cuestiona los límites del entendimiento. Droctulft no entiende el mecanismo de la ciudad pero puede sentirlo, porque lo toca “como ahora nos tocaría una maquinaria compleja”.
Su “inteligencia inmortal” recuerda al “Dios inmortal” con el que el filósofo político Thomas Hobbes imaginó su omnipotente Leviatán: el Estado moderno, sinónimo de orden, obediencia y razón. Al entrar en Ravena, el bárbaro se mearavilla por la blanca solidez del mármol y abandona su piel barbarizada. Se convierte en romano y en ciudadano del Imperio, y el narrador nos recuerda que “no fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso”.
Rendido ante el orden, esa totalidad perfecta que lo excede, tampoco el iluminado lo entiende. Iluminado no refiere aquí a un ser dotado de un intelecto superior sino a un ser capaz de una visión reveladora que excede el entendimiento y la razón; para obedecer, no es necesario comprender el orden político en su conjunto. ¿Acaso los ciudadanos de las democracias contemporáneas comprenden el complejo funcionamiento de los burocráticos Estados modernos?
Además, este texto también nos ofrece pistas para cuestionar la relación entre razón y política: ¿todo orden político es racional? ¿Se necesitan conocimientos específicos para ser ciudadano, para “entender lo político”?
Para agregar complejidad al relato, en el contacto del bárbaro con la ciudad también se cuela, entre paréntesis, la voz del narrador: “Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella”. Pero la historia conduce a otra historia, que ahora transcurre en el escenario de la pampa argentina: la de una inglesa que, raptada por los indios y convertida en cautiva, acepta convertirse. Esta segunda parte del cuento es una asociación de recuerdos del narrador, que Borges logra mezclando deliberadamente convenciones de distintos géneros narrativos e incluyéndose como personaje.
El relato oral sobre la cautiva le es dado al narrador por su abuela, también de origen inglés, quien había tenido contacto con la cautiva en algún momento, entre 1872 y 1874, cuando los límites territoriales aún eran porosos y el proceso de formación del Estado-nación no se había completado. Entre el bárbaro Droctulft y la cautiva —a la que Borges recupera como figura de la literatura local— median “mil trescientos años y el mar”, y el anacronismo funciona como estrategia para trabar las dos historias.
El encuentro entre la abuela y la india simboliza la contradicción de sus identidades personales en un contexto histórico signado por la consolidación del Estado-nación. “Quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, estaban lejos de su isla querida y en un increíble país”, y hablaban un inglés olvidado que la cautiva apenas balbuceaba: “Haría quince años que no hablaba el idioma natal y no le era fácil recuperarlo”.
Además, la geografía y la vida bárbara también habían cambiado el aspecto físico de la india-inglesa: “En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas”.
Como Droctulft, también esta india que antes no era india tiene que ordenar una multiplicidad que en principio le es totalmente ajena. Si el bárbaro se fascina con el orden de la ciudad, la inglesa raptada se fascina con “ese otro orden” que es la barbarie del desierto. Al respecto, Ricardo Piglia señala en “Crítica y ficción” que la civilización y la barbarie hablan de distinto modo. Sin embargo, también podemos observar que en “Historia del guerrero y de la cautiva” se establece la necesidad de enumerar y ordenar esa realidad que fascina: “Detrás del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia”.
El guerrero y la cautiva, aun en tensión, se parecen: “La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicos. Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar”.
La abuela del narrador incitó a la cautiva a que no volviera con los indios y así poder recuperar su “verdadera identidad”. Sin embargo, la cautiva volvió al desierto, allí donde era naturalmente feliz, con su capitanejo, sus hijos y su poligamia, y desde entonces la abuela de Borges no volvió a verla: “Quizá mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino...”.
Afectada por el encuentro, luego de un tiempo la india vuelve a aparecer: “Mi abuela había salido a cazar; en un rancho, cerca de los bañados, un hombre degollaba una oveja. Como en un sueño, pasó la india a caballo. Se tiró al suelo y bebió la sangre caliente. No sé si lo hizo porque ya no podía obrar de otro modo, o como un desafío y un signo”.
Pero ¿acaso la abuela inglesa en plena caza no es una imagen de la barbarie, del olvido momentáneo de la cultura? También puede ser el símbolo de un intercambio entre las mujeres que, como en general sucede en Borges, no lleva a una síntesis superadora de la identidad: la inglesa puede ser india y la india, en el uso rudimentario de su lengua natal, vuelve por un momento a ser inglesa.
Es la precaria memoria de la lengua olvidada la que produce la identificación entre las dos mujeres. Al menos, así parece haber sido para la abuela del narrador, que no logra entender cómo “a esa barbarie se había rebajado una inglesa”.
En un registro que es propio de la narración ficcional, esta imagen permite imaginar la escena antagónica entre dos arquetipos históricos.
El relato se propone ir más allá del ideal del discurso del progreso liberal de las élites dirigentes argentinas, porque civilización y barbarie conviven en el tiempo de la historia. Distante del lema de cuño positivista de “Orden y Progreso” que dio forma a algunas naciones latinoamericanas durante el siglo XIX, la fórmula de Borges podría postularse como “Orden y Barbarie”, al señalar que no hay orden político más allá de esa dicotomía.
O mejor aún: es porque existe “esa relación en tensión”, acaso irresoluble, que es posible pensar el orden político. Es su combinación y polarización lo que le da forma y sentido. La presencia de la barbarie, que perturba al orden al mismo tiempo que lo constituye, muestra otra concepción del tiempo histórico. Es un tiempo de lo político en el cual el progreso de la civilización, siempre relativo y dudoso para Borges, no hace desaparecer a la barbarie, y “su existencia revela que no hay orden sin conflicto”.
Real, fantasmal o imaginario, el discurso sobre el “otro bárbaro” organiza la construcción ficcional de lo político.
*** DOCTOR EN CIENCIAS SOCIALES es docente de la Universidad de Mar del Plata y en la Maestría de Estudios Latinoamericanos de la UNSAM. Es autor de “La reinvención de la democracia. Intelectuales e ideas políticas en la Argentina de los ochenta” (Imago). Su último libro publicado es “Borges y la política. Un desafío para el peronismo, la izquierda y la derecha” (Siglo XXI), del cual este texto es un fragmento.
8 de agosto del 2026/NOTICIAS

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