La maestra, un texto español

España franquista y una historia que la recorre en sus extremos.
La docencia, las vidas en suspenso e historias que se buscan a través de los años para cerrar heridas largamente abiertas.
Una historia simple en un contexto de calamidad.
Ixx, 2026


Fragmento:

—¿Señorita Eulalia Morales? 
        Los verdugos son tres hombres. Solo uno de ellos, el de la izquierda, la mira con algo de humanidad, una humanidad vidriosa, quebradiza. Ella, de pie, lo observa: lleva bigotito y el pelo refinado de quien se asea cada mañana con la pulcritud de un marqués. «Quizá lo sea, marqués, conde, aristócrata», piensa Lali mientras se mantiene parada frente a ellos como la mujer de Lot, a punto de quedar petrificada. 
        —Sí, soy yo —asiente. 
        El que le ha preguntado es el tipo del centro de la mesa —ceñudo, perfil aguileño, cigarrillo en equilibrio sobre el labio inferior—, aquel que preside la comisión depuradora y cuya firma, con el vaivén de una cáscara de nuez, rubricaba el pliego de cargos con el que le notificaron aquellas acusaciones infundadas.
No le hicieron falta diez días. Le bastó solo con un par para presentar una contestación minuciosa y fundamentada, un escrito de descargo de decenas de páginas en las que mencionó, con su letra pulcra de colegio de monjas, su educación religiosa, su respeto a la ley, fuera cual fuese, su amor por la educación. 
        —Sabe por qué está aquí, ¿no? —insiste el presidente de la comisión. 
        No responde. Con el rabillo del ojo observa al tipo de la derecha. Fuma un cigarrillo mientras hojea con gesto desinteresado las decenas de páginas que componen su expediente de depuración —algunas manuscritas, otras mecanografiadas—, y que abren a Lali en canal, como una autopsia. 
        Ha intentado saber, pero no ha sabido, el nombre de quienes firman los documentos de acusación, aquellos informantes a los que la comisión depuradora ha preguntado sobre su labor como maestra y cuya denuncia, en la mayoría de las ocasiones, no tiene mayor solidez que un suelo de barro: hipótesis, comentarios de oídas, un dicen que, un he oído por ahí. Supone que entre esos nombres estará el de don Saturnino, el párroco del pueblo, e imagina que también el de Puri o el de Javier, padres de sus alumnos con los que tuvo algún que otro rifirrafe antes de que la guerra cayera sobre la sierra de Cádiz como un yunque. 
        Eso sí, tenía la esperanza de que entre esos informes estuviesen también los nombres de muchos otros padres y madres, aquellos, como Concha, Merchi o Marcial, con los que compartió cosas maravillosas en su primer destino como maestra. Las caras ávidas por aprender de sus zagales, la letra torpe de los que no sabían escribir, los versos de Machado resonando en sus boquitas, las asambleas, las cuentas matemáticas que sumaban o restaban fanegas del campo, las obras teatrales, las salidas para buscar hojas en otoño… Todo aquello en lo que ella se dejó la piel para que los hijos de los campesinos, de los yunteros, de los desheredados tuviesen al menos una oportunidad. 
        Pero sabe que no, que a ellos no les han preguntado. 
        —Conteste cuando se le pide, señorita. 
        Los tres hombres la miran trazando con sus ojos la trayectoria de un cometa. Lali se apresura a disculparse, «Sí, lo siento». Acto seguido, el tipo de la derecha le ofrece el expediente al presidente de la mesa, que, también con gesto apático, como desganado, vuelve a darle una rápida hojeada. 
        Entre ellos baila el humo de sus cigarrillos, que se contonea hasta perderse sobre una pared blanca coronada, como un retablo, por los retratos de Franco y de José Antonio. 
        —Esta comisión está lista para dictar sentencia sobre su expediente de depuración, señorita —le anuncia el presidente con una voz grave y gripada.
Lali levanta la vista y mira a todos los hombres; a los tres de la comisión y a los que aguardan congelados desde los retratos, a Franco, a José Antonio. 
        —¿Está lista? —le pregunta el tipo del bigotito, el único que le dedicó un gesto cortés cuando entró a esta sala de la Audiencia Provincial de Sevilla. 
        Su padre se lo dijo una vez: «Que la dignidad sea lo último que pierdas». 
        —Sí —asiente con firmeza mientras oculta las manos para que no la vean temblar.

(La Maestra, José Antonio Lucero, Ediciones B, 2024)

Comentarios

Entradas populares de este blog

JL BORGES - Sobre "No nos une el amor sino el espanto"

Paco Urondo, un poema

Unhappy Readymade Marcel Duchamp