El sable corno - Absurdo contemporáneo (cuento)



Corno
Se despertó de súbito y se sentó en la cama, sudaba y las sábanas se le pegaban a la piel, las apartó de un manotazo molesto; con el mismo ademán se corrió el pelo adherido a la frente para despejar los ojos a medio abrir, resopló y buscó tanteando sus pantuflas, sus movimientos activaron las luces y lentamente inundaron la habitación de un cálido y tenue color ambarino. Salió en calzoncillos a la sala de espera donde un asistente sin decir palabra le ayudó a colocarse una bata de seda negra brillosa que anudó apenas con desgano dejando su pecho y su abdomen al aire, con la vista fija casi perdido se dirigió como un autómata a la enorme puerta blanca de doble hoja en el otro extremo del corredor. La empujó sin esfuerzo y abrió ante sí un espacio amplio, solemne como él lo había pedido. Un cubo flotaba en el centro de la habitación gigantesca, pudo ver sobre un almohadón de terciopelo rojo la joya que reposaba reluciente como la dejó la tarde anterior. Se detuvo en la entrada con una emoción enorme, era un sueño. Sin apartar la mirada tomó la gorra azul engalanada con cordeles y borlas doradas que le habían obsequiado en un ritual ceremonioso a pura pompa y se la encasquetó parsimoniosamente tomándola con ambas manos aún sudorosas cual si fuera la ansiada corona de un rey, la calzó desalineada y sus crenchas prolijamente teñidas sobresalieron por los costados al descuido. 
Llegó finalmente al centro y tomó el sable con su vaina, avanzó hasta la pared que hizo espejar por completo y frente al reflejo se miró a sí mismo a los ojos y desenvainó el arma ampulosamente frunciendo el ceño a la vez que un grito ronco explotó desde su garganta en lo que para él fue un rugido de guerra y para otros a lo lejos, tal vez un alarido desesperado. 
Se miró la mano izquierda envuelta con una venda apenas manchada por su propia sangre y sonrió, su sangre lo había hermanado para siempre con el filo victorioso del "sable corno" como él le llamaba. Lo trajo hacia su rostro y besó la hoja para luego elevarlo al cielo en toda la extensión de su brazo erguido y firme. Lo había logrado y "esto apenas es el comienzo" masculló para sí. Lanzó una carcajada desaforada y estruendosa y se prosternó ante su imagen. El eco recorrió los pasillos de la mansión con tal fuerza que la mujer de pelo color maíz salió a medio vestir de un cuarto cercano y corrió hacia el salón desesperada, temiendo lo peor una vez más y se detuvo en el vano de la puerta dejando caer de lado sus brazos en señal de cansancio. Solo un profundo silencio se apoderó de la residencia y hasta los ecos de los últimos pasos se fueron diluyendo lentamente, dejando apenas oir unos suaves jadeos. 
Un intenso vaho de perfume importado aún flotaba en el aire del corredor cuando el asistente, de pie junto a la puerta con la mirada baja hacia el suelo como se le exigía, se mordía el labio disimulando lo que hubiera parecido una leve sonrisa.
Ixx, feb2026

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