Casa roja en El Valle
Debe haber un montón de cosas más importantes que recordar al respecto de la casa de mis abuelos en El Valle pero cuando veo la imagen de su frente de ladrillos rojos con la puerta en arco recuerdo esa entrada y lo primero que me viene a la mente es la escuálida parra que enmarcaba la puerta principal y la alegría de mi padre al ver a los abuelos, su padre Pedro, su madre Filomena y que al cabo de los saludos de ocasión le ofrecían un par de racimos rosados, maduros, reservados para él que habían guardado en la espera, con ese simple gesto mi padre era muy feliz, le brillaban los ojos por unas pocas uvas dulces, dulcísimas que apenas se disimulaban entre el follaje bajo los rayos del intenso sol cordobés.
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La descripción se corresponde con un dibujo que realicé en mi cuaderno escolar cuando supe que al fin, en el verano se concretaría el viaje a ese lugar de sueños que debo decir, ya conocía pues es donde nací pero al dejarlo tan pequeño cuando apenas tenía dos años lamentablemente ya no conservaba en mi memoria.
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Junto a la entrada que no tenía puerta puesto que daba a la galería principal de la casa, del lado de afuera y a la sombra de la parra había siempre un cántaro de barro cocido con agua potable fresca. En la casa no había pozo de agua ni una bomba, por lo que el agua para beber se traía de una casa vecina, un enorme piletón a ras del suelo servía como tanque para otro usos, se cargaba con agua de la acequia que cruzaba frente a la casa, generalmente por las noches, imagino que por algo de pudor, no lo sé. Esas rutinas de ir por el agua eran cotidianas y se alternaban unos y otros en el menester. De vacaciones alguna vez me tocó colaborar con la faena de acarrear los baldes esos pocos metros de la acequia al piletón. El único recaudo para beber del cántaro era que no se metiera dentro la taza en que uno bebía, había que servirse con un cucharón al vaso o al jarro y dejarlo nuevamente dentro del cántaro que a la vez una vez servidos había que tapar con un plato enlozado dispuesto para tal fin. Me parecía un exceso de celo pero era una de las pocas reglas que todos en la casa respetaban a rajatabla y más de un entredicho se debía a la falta en este procedimiento.
Junto a la entrada que no tenía puerta puesto que daba a la galería principal de la casa, del lado de afuera y a la sombra de la parra había siempre un cántaro de barro cocido con agua potable fresca. En la casa no había pozo de agua ni una bomba, por lo que el agua para beber se traía de una casa vecina, un enorme piletón a ras del suelo servía como tanque para otro usos, se cargaba con agua de la acequia que cruzaba frente a la casa, generalmente por las noches, imagino que por algo de pudor, no lo sé. Esas rutinas de ir por el agua eran cotidianas y se alternaban unos y otros en el menester. De vacaciones alguna vez me tocó colaborar con la faena de acarrear los baldes esos pocos metros de la acequia al piletón. El único recaudo para beber del cántaro era que no se metiera dentro la taza en que uno bebía, había que servirse con un cucharón al vaso o al jarro y dejarlo nuevamente dentro del cántaro que a la vez una vez servidos había que tapar con un plato enlozado dispuesto para tal fin. Me parecía un exceso de celo pero era una de las pocas reglas que todos en la casa respetaban a rajatabla y más de un entredicho se debía a la falta en este procedimiento.
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La casa no tenía luz eléctrica y el baño estaba al fondo, en el patio y su puerta era apenas una cortina gruesa. Había un solo árbol, una gran mora que daba sombra en el patio de tierra donde a diario correteaban los pollos y gallinas y al mediodía se improvisaba una mesa para comer reunidos, costumbre que seguramente se debía a los comensales de vacaciones que sobrepasábamos la capacidad de la casa. Los hijos y algunos nietos llegábamos con el verano y alborotábamos la casa, a veces con disputas absurdas de padres y adolescentes que mejor dejar para otra ocasión.
No había huerta en el jardín solo unas cuantas flores silvestres entre margaritas y rosas, un par de higueras pequeñas y un limonero -¿O era un naranjo?- además de la mencionada parra.
Las noches eran apacibles, al atardecer los murciélagos eran nuestra gran distracción al pasar zumbando por el corredor que dejaban los árboles en la calle de enfrente. Luego las luciérnagas infinitas y los sorprendentes tuquitos o tucu-tucus con sus enormes lamparones. Para los chicos era una fiesta permanente y cada cosa era novedosa, más para chicos de ciudad.
Esta entrada debió llamarse el cántaro y la parra.
Ixx, 2026
Imagen recreada con IA (c.1970)


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