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Les Ours, conte de Catherine Bastère Rainotti

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Conte Tout à fait au début, les Ours étaient roses parce qu'ils n'avaient pas de fourrure. Et c'était bien pratique pour se gratter la peau contre le tronc écailleux des arbres. Ils n'avaient pas de fourrure parce qu'il faisait très chaud, comme il peut faire chaud en Afrique. C'était en Afrique. - Eh! Les Ours ne vivent pas en Afrique! - Plus maintenant, mais au début, oui. Écoute... La première goutte de la première pluie du premier jour tomba en Afrique sur la première graine de la première plante. Cette plante était un arbre à Ours. Un oursier.

Pueblo blanco

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Pueblo blanco Colgado de un barranco duerme mi pueblo blanco bajo un cielo que, a fuerza de no ver nunca el mar, se olvidó de llorar. Por sus callejas de polvo y piedra por no pasar, ni pasó la guerra. Sólo el olvido... camina lento bordeando la cañada donde no crece una flor ni trashuma un pastor. El sacristán ha visto hacerse viejo al cura. El cura ha visto al cabo y el cabo al sacristán. Y mi pueblo después vio morir a los tres... Y me pregunto por qué nacerá gente si nacer o morir es indiferente. De la siega a la siembra se vive en la taberna. Las comadres murmuran su historia en el umbral de sus casas de cal. Y las muchachas hacen bolillos buscando, ocultas tras los visillos, a ese hombre joven que, noche a noche, forjaron en su mente. Fuerte pa' ser su señor. Tierno para el amor... Ellas sueñan con él, y él con irse muy lejos de su pueblo. Y los viejos sueñan morirse en paz, y morir por morir, quieren morirse al sol. La boca ab...

Vinicius sobre la amistad

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No es necesario que sea hombre, basta que sea humano, basta que tenga sentimientos, basta que tenga corazón. Se necesita que sepa hablar y callar, sobre todo que sepa escuchar. Tiene que gustar de la poesía, de la madrugada, de los pájaros, del Sol, de la Luna, del canto, de los vientos y de las canciones de la brisa. Debe tener amor, un gran amor por alguien, o sentir entonces, la falta de no tener ese amor. Debe amar al prójimo y respetar el dolor que los peregrinos llevan consigo. Debe guardar el secreto sin sacrificio. Debe hablar siempre de frente y no traicionar con mentiras o deslealtades. No debe tener miedo de enfrentar nuestra mirada. No es necesario que sea de primera mano, ni es imprescindible que sea de segunda mano. Puede haber sido engañado, pues todos los amigos son engañados. No es necesario que sea puro, ni que sea totalmente impuro, pero no debe ser vulgar. Debe tener un ideal, y miedo de perderlo, y en caso de no ser así, debe se...

JL BORGES - Episodio del enemigo

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Episodio del enemigo de Jorge Luis BORGES "Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no se griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde. Me incliné sobre él para que me oyera. - Uno cree que los años pasan para uno - le dije -, pero pasan tam...

Vuelo sin orillas por Oliverio Girondo

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"Ya no existía nada, la nada estaba ausente" El Tomi - Conejo Zambulléndose VUELO SIN ORILLAS Abandoné las sombras, las espesas paredes, los ruidos familiares, la amistad de los libros, el tabaco, las plumas, los secos cielorrasos; para salir volando, desesperadamente. Abajo: en la penumbra, las amargas cornisas, las calles desoladas, los faroles sonámbulos, las muertas chimeneas los rumores cansados, desesperadamente. Ya todo era silencio, simuladas catástrofes, grandes charcos de sombra, aguaceros, relámpagos, vagabundos islotes de inestable riberas; pero seguí volando, desesperadamente. Un resplandor desnudo, una luz calcinante se interpuso en mi ruta, me fascinó de muerte, pero logré evadirme de su letal influjo, para seguir volando, desesperadamente. Todavía el destino de mundos fenecidos, desorientó mi vuelo -de sideral constancia- con sus vanas parábolas y sus aureolas falsas; pero seguí volando, desesperadamente. ...

Enrique Symns, un libro

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NdE: en mi humilde opinión de lector tengo que transportarme a esos años 80, posmodernos y convulsionados (en Argentina) para referirme más a sensaciones que a literatura o corrientes cuando de C&P se trata, más una pasión que una costumbre. El mundo de aquellos años se idiotizaba al ritmo expansivo de la globalización, MTV mediante los jóvenes se maquillaban, se colocaban hombreras y peinaban sus largas cabelleras aireadas siempre fotografiadas al viento, suaves vientos, de esos que no despeinan, que solamente aparentan movimiento. Y en verdad mientras la economía arrasaba como una tormenta descontrolada, la juventud permaneció inactiva como en ninguna otra década del siglo pasado. En esa inmovilidad global, apareció una revista que al principio era solo un insert dentro de otra también rupturista: El Porteño (que tanto extrañamos) y se movía en los márgenes, siempre al borde de la ilegalidad, siempre contracultural y marginal. Allí se hablaba desde las cárceles, desde los suburbi...

El hambre por Manuel Mujica Lainez

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"Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque." Fuente: escribirte.com Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran qu...